Entre paseos por El Cuetu, cafés en el Venecia o charlando frente al ultramarinos de Benito Buj, a finales de los 70, la voz firme de Dionisio El Pañeru sonaba de forma casi divina en los oídos de su nieto. Aquel castellano viejo de tez oscura y aspecto recto y seco se conducía despacio por la vida, "...siempre por el camino recto..."y al menos en los oídos de aquel niño nervioso y parlanchín sus palabras sonaban a "la verdad" con mayúsculas.
Quien se lo iba a decir cuando, allá por el cincuenta y tantos, partiera de su Villarino de los Aires natal "...provincia de Salamanca, lindando con Portugal..." que terminaría teniendo un nieto con nombre ruso nacido en Barakaldo. La ironía que tantas veces acompañaba sus palabras resultaba muy pequeña comparada con las ironías de la vida.
Quizás porque, mientras subido en su vieja motocicleta la humedad y el orbayu le habían ido calando hasta el alma por las estrechas caleyas de cada pueblo y aldea de Llanes, había tenido mucho tiempo para recordar lo ancha y seca que era su Castilla. Ahora que hacia tiempo que había abandonado el sueño de ser él el indiano..., ahora que paño a paño, trapo a trapo había llegado a conducir despacio un Ford Fiesta blanco sin cristales traseros lleno de mantas y de sabanas, de pijamas y bragas de paños y trapos, ahora El Pañeru, con su nieto d copiloto, entre cigarro y cigarro, bajaba un poco la guardia y solo allí dejaba que sus palabras se tiñeran de melancolía. En aquella España tan Grande, tan Una y tan Libre, él no era el único españolito que había aprovechado las visitas a la familia para traer aceite de estraperlo. Y, aunque el respeto a la ley era algo realmente importante para el Pañeru, nacido y criado junto a la frontera, siempre supo que las personas eran mucho mas importantes que las lineas imaginarias.
Fueron el orbayu y la humedad de su tierra de acogida las que pudieron de forma temprana con la salud de el Pañeru, pero tuvo tiempo de enseñar a su nieto a leer y a escribir, a conducirse despacio por la vida, por el camino recto y sobre todo que el respeto a las raíces ajenas es igual al orgullo por las propias.
Ahora, cuando su nieto cruza despacio el puente, entre el orbayu y la bruma, de camino al Uria, al ver los nuevos emigrantes que llegan a Llanes, con la tez aun mas oscura que la del Pañeru, se estira y les sonríe.
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